Ateísmo
¿Por qué eres ateo?
Porque hasta ahora no he encontrado el más mínimo indicio
de la existencia de ningún ser sobrenatural. Sí he encontrado
indicios que sugieren la existencia de los elefantes, los volcanes,
el aire, las rosas, los átomos, los sentimientos, las estrellas,
los libros y los humanos. Pero ninguno que sugiera la existencia de
seres sobrenaturales. Tampoco he encontrado que la hipótesis
de la existencia de seres sobrenaturales ayude a explicar nada. Por
el contrario, postular su existencia lo único que hace es complicarlo
todo aún más.
¿Por qué haces
manifestación pública de tu ateísmo?
Son varias las razones:
- Considero conveniente que la gente sepa de qué va quien está
detrás de Epsilones. Yo soy quien está detrás
de Epsilones. Y soy ateo. Esta afirmación no es extensible
a los colaboradores de Epsilones, que en general no sé si son
ateos o no.
- Vivimos en un mundo en que muchos parecen empeñados en separarnos
en bandos según las creencias religiosas de cada cual. Por
eso considero bueno que se sepa que hay gente sin creencias religiosas.
Yo, por ejemplo.
- En concreto, en la unidad política en la que vivo, llámesele
España o Estado Español (que cada cual elija lo que
más le guste, a mí me da igual), hay un montón
de gente que, por oposición a los que vienen de fuera con otras
creencias, habla de “nuestra religión” refiriéndose
al cristianismo católico, apostólico y romano. Quiero
dejar claro que ese “nuestra” a mí no me incluye.
- El ateísmo no tiene símbolos, gracias a dios (es una
broma). Eso hace que se nos note menos que a otros que llevan sus
símbolos colgados del cuello. Pero existimos. Y somos gente
más o menos normal. Quiero que se sepa. También por
esto digo que soy ateo.
- Me apetece decir lo que pienso.
¿Es el ateo un ser amoral?
Pese a que las iglesias de la mayoría de las religiones han
pretendido tener el monopolio de la moral, la moralidad no tiene por
qué depender de ninguna creencia. De hecho se puede ser ateo
y vivir de acuerdo con la moral cristiana, por ejemplo. No es mi caso,
pero se puede.
La moral es un conjunto de reglas de comportamiento producto de la
tradición, de la costumbre y, a veces, del pensamiento. Casi
todo el mundo desarrolla de modo inconsciente y a partir de materiales
diversos un sentimiento acerca de lo que está bien y de lo que
está mal. Algunos reflexionan sobre ello, es decir, hacen un
poco de ética, y explicitan los orígenes y contenidos
de su moralidad inconsciente, para después quedarse con esto
y rechazar aquello. Otros se limitan a aceptar acríticamente
lo que les cuentan gurús y sacerdotes varios.
Por poner un ejemplo, yo pienso que matar seres humanos es malo. Pero
no lo creo porque me lo haya revelado ninguna voz del más allá,
sino porque me gustan más las sociedades en las que el asesinato
está mal visto. Me hace sentir más seguro.
Queda una última posibilidad: la de seres auténticamente
amorales. La verdad es que se me antoja improbable, aunque hay que reconocer
que algunos se comportan como si lo fuesen.
Resumiendo: no, ateísmo y moralidad no son incompatibles. Tampoco
son incompatibles creencia e inmoralidad.
Nota: amoral es aquel que no tiene moral. Inmoral, el que, teniéndo
moral, se la salta.
¿Es el ateísmo
otra religión? ¿Es una creencia?
El ateísmo no es una religión, pues no defiende ningún
conjunto de creencias. Hay una asimetría fundamental entre creer
y no creer. Creer supone definir de alguna manera, defender una posición
concreta. No creer no implica nada de eso. Si alguien dice que los unicornios
existen es él quien debe dar las pruebas. Los abogados dirían
que la carga de la prueba la tiene el que postula la existencia de los
unicornios. Yo, que no creo en los unicornios, no tengo por qué
probar que no existen. Solo recaería en mi la carga de la prueba
en el caso de que alguien hubiese previamente propuesto pruebas de existencia.
Hay muchos empeñados en decir que el ateísmo es una opción
más, pero esto solo se puede decir desde la más absoluta
mala fe. Yo no creo que no haya dios. Yo pienso que no hay dios. Creer
no es pensar. De hecho, creer es lo contrario de pensar. Si digo que
soy ateo es para indicar, entre otras cosas, que no me interesan en
absoluto las creencias del personal. Solo me interesan sus pensamientos.
¿Se puede pensar que dios existe? Pues quizá se pueda,
aunque lo cierto es que hasta ahora nadie ha sido capaz de elaborar
un pensamiento convincente acerca de la existencia de dios.
¿Porque acepto la teoría de la relatividad
de Einstein tengo fe? No, es una cuestión de estudiar la teoría,
las alternativas, y quedarse con la que posee un mayor poder descriptivo
y predictivo. ¿Quiere decir esto que creo que la teoría
de la relatividad es “la verdad”? No, quiere decir únicamente
que he llegado a la conclusión de que, entre las distintas teorías
de que disponemos para describir el movimiento, la relatividad es la
mejor. ¿Quiere decir esto que mi método es infalible?
No, claro que no. Puede que la relatividad no sea la mejor teoría
conocida, incluso puede que sea radicalmente falsa. La
razón no es infalible. Su uso no da seguridades ni certezas.
Ni falta que hace.
Hay en este asunto algo curioso: si a mí
alguien me dice que tiene fe no lo pongo en duda. Por dos razones: la
primera porque no encuentro razón alguna para que me mientan,
y, segundo, porque si lo hacen, pues allá ellos. Sin embargo,
es frecuente que los creyentes pongan en duda mi falta de fe. Pese a
explicar una y otra vez que lo único que hago es comparar teorías
y quedarme con las que considero más razonables, se me pone en
duda y se insiste: “el ateísmo es una creencia”.
No sé explicar este afán. Supongo
que llevando el debate al terreno de la irracionalidad se sienten más
cómodos.
¿No tienes dudas?
Claro que las tengo, precisamente
porque no tengo fe. Por no tenerla
no la tengo ni en la relatividad de Einstein, ni en las matemáticas,
ni en la realidad, ni en nada. Miro, observo, comparo teorías
y me quedo provisionalmente con las que me parecen que describen mejor
el mundo. Repito: yo no creo que no haya dios, pienso que no hay dios.
El ateísmo no es nada que yo siento dentro de mí, no
es algo brote de las profundidades de mi yo, no es un sentimiento,
ni una emoción. Es una opción que he elegido a partir
de mis modestos conocimientos. ¿Qué puedo estar equivocado?
Pues claro. ¿Qué, pese a todo, puede existir un ser
sobrenatural y poderosísimo? Pues claro, igual que puede ser
que el universo conocido sea una gota en el portaobjetos del microscopio
de un estudiante de una especie gigante.
¿Por qué
ateo y no agnóstico?
El agnosticismo es una posición
excesivamente pudorosa que solo tiene sentido en un ámbito
de pensamiento en el
que se cree firmemente en la verdad. Si somos estrictos, ciertamente
no podemos asegurar que dios no exista. Pero es que, si somos estrictos,
no podemos asegurar nada, absolutamente nada. Lo más que podemos
hacer es escoger entre las alternativas que se nos presentan.
Yo no sé, ni puedo saber
con seguridad, si mañana saldrá de nuevo el sol. Creemos
que va a salir por simple estadística, porque lo ha hecho desde
que los humanos tenemos uso de razón. Pensemos en el Sol como
el carro de Helios o como el astro alrededor del que se desplaza la
Tierra en bonitas elipses, lo cierto es que ambas concepciones acerca
del Sol son meras hipótesis, meras teorías. Que el Sol
lleve cuatro millones de días saliendo, o cuarenta, no nos
autoriza a asegurar que volverá a hacerlo mañana.
Sin embargo, si alguien me pregunta
si mañana tendremos amanecer contestaré que sí.
¿Por qué? Pues porque frente a otras explicaciones míticas
o científicas acerca de la naturaleza y costumbres del Sol,
y por razones que ahora no viene
al caso, prefiero la descripción de la física
contemporánea, la cual, aplicando la relatividad general para
describir la gravedad y la mecánica cuántica para describir
las reacciones termonucleares, afirma que la estrella seguirá
ahí al menos otros cinco mil millones de años.
¿Estoy seguro de lo que acabo
de decir? ¡No, en absoluto! Pero a falta de certeza tengo que
vivir con la que considero mejor descripción.
Los humanos desarrollamos a lo largo
de la vida un mapa acerca del mundo. Ese mapa, alimentado por materiales
de origen diverso, está constituido por nuestras elecciones,
conscientes o inconscientes, acerca de cuanto nos ocurre alrededor.
Lo terrible es que en ningún caso tenemos datos suficientes
para alcanzar la certeza. Más aún: no es que no los
tengamos, sino que no los podemos tener, porque sea cual sea la información
de la que disponemos, siempre cabe la posibilidad de que algo se nos
escape, de que un dato no sea cierto, incluso de que nuestro cerebro
no tenga la capacidad suficiente para valorarlo todo pertinentemente
y elegir con corrección.
La buena noticia es que pese a esa
terrible falta de certeza, vivimos. Llenos de dudas, temores, incertidumbres,
pero vivimos.
Los agnósticos consideran
que lo referente al absoluto escapa del entendimiento humano. Puede
ser que sí, puede ser que no. No hay forma de saberlo. Como
tampoco podemos saber si el entendimiento humano es capaz de comprender
la física del cosmos. Pero lo intentamos. Y establecemos teorías.
Y las comparamos. Y elegimos. Y vivimos con nuestras elecciones.
Yo, de cuantas teorías he
podido conocer, he elegido aquellas en las que no intervienen ciertos
tipos de seres sobrenaturales. ¿Estoy seguro? Pues no. Entonces,
si no estoy seguro, ¿por qué no digo que soy agnóstico
en vez de ateo? Pues por lo mismo que no voy diciendo por ahí
todo el día que no estoy seguro de si mañana va a salir
el Sol.
¿Sobre quién
recae la carga de la prueba?
En ¿Es el
ateísmo otra religión? ya hablo del asunto, pero
quiero insistir. ¿Quién debe de proporcionar la prueba,
el ateo de la inexistencia de dios o el creyente de su existencia?
En primer lugar, lo lógico es que quien afirma la existencia
de algo sea quien dé las pruebas de su existencia. Si vengo
de la selva y digo que he descubierto una nueva especie de lagarto
es obvio que he de ser yo quien aporte las pruebas pertinentes. Solo
después, una vez aportadas dichas pruebas, serán quienes
pongan en cuestión mis afirmaciones quienes tengan la obligación
de intentar refutarlas.
Además, hay casi tantos dioses como creyentes,
de modo que una demostración general de la inexistencia de
dios es imposible. Para unos dios es un ser personal a imagen y semejanza
del hombre. Para otros se trata de una entidad abstracta . Para otros
una indefinida sensación de pertenencia a un todo. Para otros
es Elvis. Cada caso debe tratarse por separado.
Pero hay más, algo de carácter psicológico
que me sorprende. Muchos creyentes me han dicho que debo ser el ateo
quien demuestre la inexistencia de dios. En tales circunstancias me
quedo perplejo, porque que yo me desentienda de Dios, yo, que nunca
me he encontrado con Él, ni hablado con Él, ni sido
testigo de ninguno de sus milagros; yo, que no me siento vacío
ni perdido por su ausencia, me parece comprensible. Pero que ellos,
que basan su vida en Él, no sientan la necesidad de probar
su existencia, me parece extraordinario. E incomprensible. Debe ser
el poder de la fe.
De todas maneras, una cosa es que no tengamos por qué
y otra cosa es que no lo hagamos. Por eso en la respuesta a ¿Se
puede probar la inexistencia de dios? se prueba, efectivamente,
la inexistencia de dios.
¿Te crees en
posesión de la verdad?
Pues sí. Pero no porque yo sea especialmente
listo, sino porque cierta noche en la que las estrellas brillaban
en el cielo con singular resplandor fui tocado por el divino tentáculo
de Arbuarcargar, el Creador de Mundos. Nada más sentir su contacto
el conocimiento entró en mí y comprendí el sentido
de todo. Resulta que Arbuarcargar, el Creador de Mundos, fue encargado
por Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir de encontrar los seres vivos
más divertidos que fuese posible. Parece ser que Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir
se aburre mortalmente en las largas noches cósmicas. Por eso,
Arbuarcargar, el Creador de Mundos, se dedica a crear todo tipo de
mundos y observarlos. Que un mundo le parece aburrido, lo elimina
con un simple gesto de su divino tentáculo. Que un mundo le
parece entretenido, lo deja continuar. Ahora mismo tiene en marcha
dos mil trillones y pico de mundos en observación.
Lo terrible es que la hora del Juicio Final se acerca:
Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir le ha dicho a Arbuarcargar, el
Creador de Mundos, que ya está bien de pruebas, que quiere
ya un mundo que neutralice su divino aburrimiento. Por eso Arbuarcargar,
el Creador de Mundos, ya no va a crear más mundos, y se va
a limitar a ir eliminando los que tiene hasta que solo quede uno.
¡Uno de entre dos mil trillones y pico!
Cuando le pregunté a Arbuarcargar, el ex-Creador
de Mundos, que por qué me hacía a mi, humilde criatura,
depositario de tal conocimiento, me dijo que había sido elegido
para animar a mis congéneres a ser lo más divertidos
posibles. Así que debo ser el profeta que guíe a los
hombres y mujeres del mundo a cometer las mayores locuras, las mayores
incongruencias, los más increíbles despropósitos.
Al principio me vi agobiado por la responsabilidad pero, después,
cuando lo pensé, me di cuenta de que era la tarea más
sencilla del mundo.
Por eso, por la cuenta que nos trae, os digo: ¡sed
divertidos!
Nota: aunque yo sea el verdadero profeta, reconozco
el santo valor del pastafarismo.
Religión
¿Prohibirías la religión?
No. La creencia religiosa es, fundamentalmente, sentimiento, y los
sentimiento no se pueden, ni se deben, prohibir.
La religión es irracional. Pero es que en ningún sitio
está escrito que haya que ser racional. Serlo es una elección.
El personal tiene derecho a elegir la irracionalidad si eso les place.
Otra cuestión es si la religión
es nociva para el individuo. Pero también es nociva la
televisión o la grasa de cerdo y no por eso vamos a prohibirlas:
allá cada cual con su cuerpo y su mente.
¿Consideras nociva la religión?
Lo que viene a continuación lo he escrito pensando en la religión
que mejor conozco, la cristiana, aunque la mayoría de las cuestiones
aluden a lo que hace que algo sea religión, y no a los aspectos
concretos de cada confesión religiosa, por lo que opino que
casi cualquier religión se verá tocada en algún
punto por lo que digo.
Sí, considero que la religión es nociva por las siguientes
razones:
- La religión obstaculiza el desarrollo ético de las
personas. La religión, al imponer vía revelación
un conjunto de reglas morales, dificulta, si no anula, la reflexión
moral del creyente, sencillamente porque no necesita tomar decisiones:
lo que está bien o mal le viene dado “de arriba”.
- La religión subyuga políticamente a las personas.
Su mensaje de salvación “para después”,
su llamada a la resignación, al sufrimiento, a la aceptación
de los designios divinos no contribuye precisamente a que la gente
luche por mejorar sus condiciones de vida.
- La religión sitúa fuera del juego de la razón
al creyente, pues por encima de razones y argumentos están
las “verdades” que le dicta su fe. Esto obliga a asumir
un doble juego de verdades casi siempre incompatibles entre sí:
las de la fe y las de la razón. Y a poner el carro delante
de los bueyes, pues muchas veces se encuentra el creyente utilizando
la más novedosa y potente de las facultades humanas, la razón,
para justificar lo que ya creía previamente.
- La religión establece una barrera entre el individuo y
su propio cuerpo al decirle qué debe y que no debe hace con
él con independencia de sus deseos. No somos almas atrapadas
en cuerpos. Considerar el cuerpo un enemigo de la mente que emana
de él mismo es la mayor de la aberraciones. Y de las ignorancias.
En resumen, la religión aliena al individuo, le saca de sí,
le rompe ética, política, intelectual y hasta físicamente.
Bueno, lo alienaría si no fuese porque, afortunadamente, la
gente cada vez se toma menos en serio su religión incumpliendo
leyes, rechazando dogmas, viviendo su vida a su manera y quedándose
tan solo con ese suave y cálido consuelo que da recordar de
vez en cuando los familiares cuentos de la infancia...
¿Es la religión
una superstición?
Para no liarnos con las palabras,
veamos algunas definiciones:
- superstición: "Creencia
en alguna influencia no explicable por la razón en las
cosas del mundo." (Diccionario
de uso de María Moliner)
- superstition:
"a belief or practice resulting from ignorance, fear of the
unknown, trust in magic or chance, or a false conception of causation."
(Merriam Webster's Collegiate Dictionary)
- superstición: "Creencia
extraña a la fe religiosa y contraria a la razón.
(DRAE)
Según la primera definición
la religión sería una superstición pues defiende
una "influencia no explicable por la razón en las cosas
del mundo", a saber, la de las entidades sobrenaturales correspondientes,
que en el caso de la cristiana serían, por poner un ejemplo,
Dios, la Virgen, los ángeles, el Demonio, los santos...
La definición del Webster
es muy interesante porque podría ser una enumeración
de las causas que dieron lugar al nacimiento de las religiones.
Las religiones intentan resolver la ignorancia humana acerca del
mundo mediante sus explicaciones mitológicas (el Enuma
Elish; las cosmogonías griegas;
el Génesis);
desarrollan determinados ritos con la idea de influir sobre el mundo
físico (rezos, sacrificios, misas); y achacan los fenómenos
naturales a la voluntad de los dioses.
La del DRAE introduce un matiz
nuevo, "extraña a la fe religiosa", que reduce
el campo de aplicación del término extraordinariamente.
Lo malo es que, al no dar ningún rasgo positivo de lo que
es superstición pero sí dos negativos tan potentes
("extraña a la fe religiosa", "contrario a
la razón"), 'superstición' parece haberse convertido
en un término vacío, sin referentes.
Cuando uno no entiende algo lo
mejor es acudir a las fuentes, pues allí muchas veces uno
se encuentra las causas cuyas pistas después el tiempo y
la malicia se han encargado de ocultar. Una de las fuentes principales
del DRAE es el Tesoro
de la Lengua Castellana o Española de
Sebastián de Covarrubias. Es curioso porque en la entrada
correspondiente a superstición
me he encontrado con la misma cita
de Cicerón que había visto previamente en el diccionario
español-latino de Agustín Blánquez, en la que
el romano dice que ya sus mayores habían distinguido entre
religión y superstición. Parece claro que desde antiguo
ha preocupado a algunos que estos dos conceptos pudieran confundirse.
Vamos al texto: en el Tesoro
se dice que superstición
es "una falsa religión y un error necio". Es maravilloso.
Qué claridad. Qué concisión. Ahora sí
que veo perfectamente el rasgo diferencial que en la definición
del DRAE se ha perdido, quizá por pudor, quizá por
miedo a dejar el término al capricho de la interpretación
de cada cual: la diferencia entre la religión y la superstición
es que la primera es verdadera y la segunda es falsa.
Total, que para saber si una creencia
es supersticiosa basta con saber si pertenece a la religión
verdadera. Total, que desde este punto de vista, para un ateo, todas
las religiones son supersticiones, mientras que para un creyente,
supersticiones son las religiones... de los otros.
¡Viva el relativismo!
¿Qué piensas de la
fe?
La fe es el acto de soberbia por excelencia. Cuando
alguien echa mano de su fe para justificar sus ideas está despreciando
a la razón, la lógica y, lo que es peor, al prójimo,
al que no concede nada. Cualquier profesión de fe es un acto
de desprecio a quienes no la tienen, a los que se juzga como equivocados
sin posibilidad de redención, porque nada vale, ni argumento
ni hecho, para refutar la fe.
Muchas veces nos acusan a los escépticos de
ser unos engreídos que pretendemos imponer la razón
en todos los ámbitos. Esto es realmente gracioso, porque cuando
uno intenta defender un discurso racional se está sometiendo
voluntariamente a las reglas de un juego al que, como he dicho antes,
todos podemos jugar, y está aceptando tácitamente el
juicio de los otros jugadores acerca de sus ideas y argumentos.
Por el contrario, es el discurso basado en la fe el
que es absolutamente prepotente, el que se sustrae del juego humano
de la razón, el que se sitúa por encima de todo y el
que esgrime su verdad como indiscutible.
Nada hay más intolerante que la fe.
¿Es compatible
la fe y la tolerancia?
Puedo decir que sí, por la simple razón
empírica de que conozco gente estupenda que comparte una
arraigada creencia en ciertas entidades sobrenaturales con una mentalidad
civilizada, abierta y no solo tolerante, sino comprensiva.
Sin embargo, cabe preguntarse si, desde un punto
de vista lógico, esta convivencia de la fe y la tolerancia
tiene sentido. Si alguien está completamente convencido de
estar en posesión de la verdad, si su fe es tan inquebrantable
que no deja lugar a dudas, ¿va a tolerar que otros expresen
sus “falsas” ideas y vivan según ellas?
Veamos lo que decía Russell respecto de dos
de las grandes religiones monoteístas: “Los judíos
fueron los creadores de la idea de que sólo una religión
puede ser verdadera, pero no sentían deseos de convertir
a todo el mundo, de modo que solo perseguían a los otros
judíos. Los cristianos, conservando la fe judía en
una revelación especial, añadieron a ella el deseo
romano de dominación universal y el gusto griego por las
sutilezas metafísicas. La combinación produjo la religión
más fieramente intolerante que el mundo ha conocido hasta
la fecha” [Elogio
de la ociosidad].
Los dos casos descritos por Russell hablan de intolerancia,
en un caso más particular y en el otro más general.
Sin embargo, también se habla del “deseo de convertir”.
Pienso que aquí está la clave. La fe es algo personal,
algo que tiene que ver con las propias expectativas ante la vida
y la muerte, y que por tanto no tiene por qué ir mucho más
allá, salvo que la fe se conjugue con el afán de poder
y la creencia se vea acompañada de una fieras ganas de dominar
a los demás.
Es obvio que esto puede ocurrir o no, y dependerá
únicamente del grado de civilización del individuo.
Sin embargo, en el caso de las organizaciones es
distinto. Si tenemos en cuenta que las dos razones de ser de las
jerarquías son detentar el poder y perpetuarse, parece lógico
pensar que las jerarquías religiosas tenderán a utilizar
todos los medios a su alcance para imponer sus doctrinas y acallar
cualquier idea que pueda poner en peligro su propia existencia.
Que esta especulación no anda muy desencaminada
lo prueba el que, efectivamente, lo hacen.
¿Qué
te parece el cristianismo sin dios?
Ahora los cristianos modernos, como José
Antonio Marina o Gianni Vattimo, dicen que lo de menos
es el dogma, que lo realmente importante es el obrar, la praxis. Vienen
a ser como unos cristianos sin dios, pues lo de menos son las cuestiones
sobre la existencia y la naturaleza del creador y lo importante el
mensaje de amor de Cristo.
Sin embargo, las cosas no han sido así en el
pasado. Siempre que el cristianismo ha conseguido instalarse en el
poder se ha caracterizado por una intransigencia respecto a la heterodoxia
espectacular. Basta recordar al emperador Teodosio, a los Reyes Católicos
y a la “Santa” Inquisición, a Calvino y a Lutero,
a Franco, o al papado en general para darse cuenta de que el dogma
siempre les ha importado bastante, hasta el punto de montar guerras,
expulsar y exterminar pueblos enteros y quemar en la hoguera a quienes
no se mostrasen de acuerdo con la ortodoxia.
Pero bueno, por mí que no quede: pelillos a
la mar: no seré yo el que culpe a los cristianos de hoy de
los pecados de los cristianos de ayer, en especial cuando siguen profundizando
en ese proceso histórico consistente en vaciar el cristianismo
de todo contenido (“no, si lo de la Biblia son metáforas”,
“no, si la Biblia no es un libro de ciencias naturales”,
“no, si el infierno no es un lugar, es la ausencia e Dios”,
“no, si el limbo no existe”) dando un nuevo paso diciendo
que no, que ni siquiera hace falta creer en dios, que basta con quedarse
con el mensaje, que es un mensaje de amor, de caridad.
Por mí perfecto. Me suena algo simplona esa
vaga apelación al amor, como si todos estuviésemos de
acuerdo en qué es eso del amor; pero bueno, mientras no me
quieran imponer su amor a la fuerza, allá cada cual.
Sin embargo, hay algo que no acabo de entender. Ellos
dicen proponer a la humanidad el modelo cristiano como un modelo universalmente
válido. Si de verdad tiene esta vocación ecuménica,
si de verdad quieren proponer un modelo que todos podamos aceptar
para lograr así un mundo mejor, ¿por qué se empeñan
en utilizar una marca tan desprestigiada como “cristianismo”?,
¿por qué encabezar su propuesta con un título
que saben insultante para una buena parte de la humanidad?, y, sobre
todo, ¿por qué empeñarse en hablar de religión
cuando parece que sus intereses son de tipo ético?
Sinceramente, un error tan grueso en gente tan lista
me hace sospechar, porque si tan universalistas son sus pretensiones
y tan diferentes son en realidad de otros cristianos del pasado, usar
una denominación que necesariamente les conecta con ese pasado
no tiene sentido.
A no ser que, en el fondo, no renieguen de sus orígenes.
Pero entonces su propuesta no pasa de ser una broma de mal gusto.
No sé.
¿Apoyó
el Papa el Big Bang? ¿Apoya la teoría del Big Bang la
existencia de Dios?
En 1951, Pio XII apoyó la teoría del
Big Bang por ver en ella una interpretación del Génesis
y una evidencia de la existencia de dios. Lemaître, que además
de cura era físico y un tipo muy listo, desaconsejó
este apoyo, por si nuevos descubrimientos científicos no eran
tan favorables.
Treinta años después se demostró
que Lemaître tenía razón. En la misma conferencia
en la que Stephen Hawking propuso que el universo como un todo, incluido
el tiempo, es una variedad sin borde, por lo que el universo, según
sus palabras, “no sería creado ni destruido. Simplemente
SERÍA”, el Papa le dijo a él y a los otros asistentes
que los humanos no deberían investigar el momento de la creación.
Es así la cosa: si me vale, lo acepto. Si no,
pues no.
Lo cierto es que la teoría del Big-Bang no está
en contra de la existencia de Dios, pero tampoco a favor, claro. La
teoría habla de lo que pasó después de "la
gran explosión", pero no antes. De hecho es compatible
con montones de teorías acerca de qué fue lo que lo
originó: un agujero negro, una fluctuación cuántica
del vacío, el rebote de un Big Crunch...
También es compatible con la existencia de un
ser poderosísimo que decidió hace trece mil millones
de años crear una bola de energía de enorme densidad
y dejar luego que la ruptura de la simetría hiciese el resto
del trabajo. Lo que no entiendo, la verdad, es en qué se parece
esto al mito del Génesis.
Otra posible explicación es que un estudiante
de secundaria de otro universo, mientras preparaba su trabajo de investigación
de último curso, generase en el laboratorio un microagujero
negro con los parámetros adecuados para generar un subuniverso
estable durante un lapso de tiempo algo mayor del habitual.
¿Cuál es el verdadero
sentido de la Biblia?
No hay que ser un experto, ni mucho menos, para entender
que una colección de mitos de variado origen como es la Biblia
difícilmente puede tener un significado unívoco. Que esto
es así lo demuestra además el hecho de que el mismo texto
haya sido interpretado tantas veces de maneras tan distintas. Ahí
están las herejías, ahí están las distintas
confesiones cristianas, ahí está la propia Iglesia católica
cambiando su interpretación del texto según fuesen los
vientos de la historia.
Tras leer la Biblia uno puede dudar entre pensar que allí
se habla de un dios que es todo odio y violencia... o justo lo contrario,
que allí se habla de un dios infinitamente bondadoso. Lo cierto
es que ambas visiones, y muchas otras, son verdad, porque en realidad
en la Biblia no se habla de un solo dios, sino de muchos. Por eso
es lógico que las distintas historias, pese a los esfuerzos
de maquillaje de la Iglesia católica, no cuadren. Es precisamente
su riqueza literaria la que ha permitido que sirviese para justificar
prácticamente cualquier cosa, guerras, cruzadas e inquisiciones
incluidas.
Lo que no acabo de entender es cómo justifican los católicos
el que la Biblia, la presunta revelación de Dios a los hombres,
sea tan difícil de entender que exija tener un master
en hermenéutica.¿No hubiese sido mejor que se hubiese
expresado con un poco más de claridad? Voy más allá:
¿por qué hacer unos seres lo suficientemente estúpidos
como para no entender su Verdad y luego castigarlos con el infierno
eterno? ¿Es eso un acto de amor?
Las grandes preguntas
¿Existe la realidad?
Bueno... es obvio que algo existe, porque estamos aquí, porque
pensamos, porque sentimos dolor... Existir sin duda que existe algo.
Otra cosa es que lo que percibimos sea la realidad tal cual, o tan solo
una versión, o un aspecto, o una ilusión, o un engaño,
o... Y otra cosa es que eso que existe sea expresable de un modo preciso
y único.
Por otra parte, la hipótesis de la realidad es bastante útil,
siempre y cuando no nos la creamos demasiado.
¿Existe la verdad absoluta?
Hablar de la verdad absoluta no tiene sentido. Lo que sí podemos
es hablar de verdades más o menos útiles, más o
menos adecuadas para relacionar palabras, pensamientos y experiencias
y para manejarnos con el mundo. ¿La Tierra es una esfera? Bueno,
más o menos. ¿La Tierra es un disco plano? Pues no. ¿Hemos
alcanzado la verdad al respecto? Pues depende del grado de exactitud
que necesitemos: como aproximación, es verdad que la Tierra es
esférica. Pero no hay que confundir el mapa con la realidad.
De modo absoluto, NO es verdad que la Tierra sea esférica. De
hecho, no solo es que esté achatada por los polos, sino que para
poder considerarla esférica hay que prescindir de todas esas
molestas arrugas que tanto la afean... Luego, de alguna manera, la Tierra
no es una esfera en absoluto. Tampoco es plana y, sin embargo, para
muchos fines es mejor pensar en ella como si lo fuese (de hecho, así
la percibimos), aunque para otros muchos es obvio que la metáfora
esférica es más adecuada. En matemáticas hablaríamos
de propiedades locales y globales. No pasa nada por considerar localmente
plana a la Tierra, pero no si necesitamos, o queremos, estudiarla globalmente.
Es decir, que el concepto de verdad absoluta no tiene sentido porque
dependiendo de para qué la queramos será una verdad u
otra la que nos interese. Volvamos al ejemplo de la forma del planeta
Tierra. ¿Cuál sería la verdad absoluta acerca de
su forma? ¿Un mapa escala 1:1? ¿Y levantado en qué
instante? ¿Y contando la atmósfera o sin ella? ¿Y
hasta donde consideramos que hay atmósfera? ¿Qué
densidad de materia consideramos?
El problema deriva de la propia pregunta. Nos preguntamos acerca de
la forma de la Tierra como si existiese algo independiente en algún
sitio que es conocido como “la forma de la Tierra”. Pero
no lo hay, no hay un mundo de las ideas donde esa idea esté depositada
y nosotros podamos ir a “descubrirla” para dar respuesta
a nuestra pregunta. La gran trampa es el lenguaje: hablamos de “la
Tierra” y creemos que existe la Tierra; hablamos de “la
forma de la Tierra” y creemos que existe la forma de la Tierra,
pero en realidad no son más que expresiones lingüísticas
con las que intentamos manejar un puñado de percepciones. Cuando
decimos que la Tierra es plana, o esférica, o fractal, estamos
diciendo, simplemente, que vista desde cierto punto de vista, a cierta
escala, y para ciertos fines, la Tierra se percibe de un modo parecido
a como pensamos en un plano, una esfera o una fractal.
Donde sí se puede hablar de verdades es dentro de un determinado
juego de signos. Es una cuestión de definición: por ejemplo,
en el seno de las matemáticas, son verdades aquellas cosas que
se definen o que se deducen. Y ya está. En el poker es verdad
que el trío gana a la pareja. El problema surge cuando utilizamos
los signos para hablar del mundo. ¿Por qué? Pues porque
en el mundo no existen unas reglas que nos digan a priori qué
se entiende por verdadero.
El problema de no disponer de las reglas del juego se agrava con la
característica más destacada del propio juego: su extraordinaria
complejidad. Hasta la cosa más nimia parece un mundo en sí
misma cuando se observa de cerca. La situación más elemental
se presenta trufada de matices, aspectos, niveles, relaciones y variaciones
que la hacen aparentemente inabarcable.
Dicho o dicho podría pensarse que la situación es desesperada,
pero no es así, siempre y cuando uno no tenga una necesidad patológica
de certezas, claro. Lo que tenemos que hacer es, al tiempo que nos hacemos
preguntas, ir construyendo el conjunto de reglas que en cada caso vamos
a utilizar como criterios de verdad. Pensemos por un momento en una
amplia sonrisa. Si lo que nos interesa en este momento es captar la
emoción que nos produce, posiblemente no hay verdad más
adecuada que un poema o una canción. Si lo que queremos es reproducirlas
virtualmente, no habrá mejor verdad que un escaneado tridimensional.
Y si lo que queremos es verificar el estado de salud de la dentadura
que soporta la sonrisa, no habrá verdad más eficiente
que una radiografía.
El escaneado, la radiografía y el poema son tres verdades, tres
aspectos, tres aproximaciones a algo que es todo eso y mucho más.
No es más verdad el escaneado que la radiografía, ni esta
que el poema. No podemos establecer una jerarquía entre ellas
porque son incomparables: las metáforas literarias, las analogías
ópticas, los modelos digitales corresponden a juegos distintos,
con reglas distintas. Sin embargo, sí que podremos comparar poemas
con poemas y escaneados con escaneados y decidir así cuáles
son más verdaderos.
Resumiendo: la verdad es plural porque muchos son los aspectos del
mundo. Pero eso no quiere decir en absoluto que todo valga. El poema
no curará una posible caries. Y si el escaneado está mal
hecho nadie reconocerá en la pantalla la sonrisa original. Aunque
no existe la verdad absoluta, unas verdades son mejores que otras.
No tenemos por qué renunciar a la verdad. Por el contrario:
inventar las reglas del juego y buscar las verdades correspondientes
es una de las tareas más apasionantes que podamos imaginar.
¿Existe el libre albedrío?
Está claro que todos vivimos inmersos en sistemas con más
o menos restricciones legales, políticas, sociales... Es evidente
que estas restricciones nos hacen más o menos libres, pero también
está claro que se trata de algo puramente contingente, algo que
depende de los azares de la historia. Por eso, para simplificar el discurso,
vamos a suponer que estamos libres de limitaciones de este tipo.
La cuestión entonces se reduce a saber si tenemos la capacidad
de elegir y de obrar en consecuencia.
Toda elección es un proceso de cálculo. A partir de los
datos disponibles analizamos pros y contras y elegimos alguna de las
alternativas que se nos presentan. Raramente este cálculo se
hace conscientemente, pero esto es lo de menos. Lo importante ahora
es que se realiza en nuestro órgano de toma de decisiones: el
cerebro.
El cerebro, para realiza sus cálculos (sean razonamientos, analogías,
comparaciones emocionales, simulaciones o tiradas de dados), pone en
funcionamiento una compleja programación que durante toda su
vida se ha ido nutriendo de la herencia genética y cultural,
de la educación recibida y de cuantas experiencias concretas
ha vivido el individuo.
Un proceso así es evidentemente determinista, pues las decisiones
dependen de lo que previamente hayamos metido dentro de la máquina
de pensar.
Hay que decir, sin embargo, que puede que este determinismo se vea
alterado por el azar. Hay teorías que afirman que en el funcionamiento
cerebral influyen los fenómenos cuánticos, y estos resultan
ser, en cierta medida, azarosos.
De lo dicho se deduce que nuestro comportamiento es una mezcla, por
el momento imprecisa, de determinismo y azar. Dicho de otra manera:
nuestro comportamiento está completamente condicionado, salvo
cuando es aleatorio.
Si recordamos la cuestión que estábamos estudiando, a
saber, si tenemos la capacidad de elegir, no nos queda más remedio
que decir que no, que no elegimos, sino que calculamos (cuando no echamos
los dados). Otra opción es seguir a Leibniz en aquel estupendo
juego malabar consistente en afirmar que ser libre es hacer lo que nos
corresponde por como somos, pues si hiciésemos otra cosa no seríamos
nosotros mismos...
¿Cómo encaja con todo la sensación de libertad?
De varias maneras. Por un lado, nosotros no somos conscientes de los
cálculos que se realizan en nuestro propio cerebro: tan solo
somos conscientes de los resultados finales, que nos llegan como salidos
de la nada, como fulgurantes decisiones. Por otro, la complejidad del
sistema de influencias que configuran nuestra programación hace
que el resultado de los cálculos sea en general impredecible.
Además, esa misma complejidad nos hace únicos, pues el
conjunto de las influencias recibidas nos individualiza. Todo esto,
unido a la posibilidad ya indicada de que el azar cuántico pueda
influir en nuestros cálculos genera esa sensación de libertad
que experimentamos cuando ”tomamos decisiones”.
Dicho de otro modo: sentimos que decidimos libremente porque no tenemos
ni idea de cómo decidimos. Esta situación se intensifica
cuando pasamos al campo de la acción. Según las últimas
investigaciones el cálculo no es suficiente para actuar. De hecho,
solo actuamos si nuestro sistema emocional así lo decide. Para
poder llevar a efecto cualquier decisión surgida de un pensamiento
racional es imprescindible el empuje de las emociones, lo cual no hace
más que aumentar la sensación de libertad, al parecernos
nuestros actos productos de la espontaneidad, de algo que nos sale de
dentro, de un cierto porque sí aparentemente sin fundamento.
En realidad esto no es así, porque los sentimientos y las emociones
son también sistemas de información acerca del mundo.
Pero la sensación es la sensación.
Resumiendo: existe una libertad que depende del mundo exterior y que
consiste en que se den las condiciones materiales para que podamos llevar
a cabo nuestros deseos. Existe otra libertad interior, consistente en
poder elegir y actuar según esa elección. En realidad
no hay elección sino cálculo, pero ser inconscientes de
dicho cálculo nos hace experimentar intensamente la sensación
de que nuestras decisiones no están condicionadas, de que son
espontáneas, libres.
Dicha así, esta conclusión puede resultar insatisfactoria,
pero, si se piensa, no podríamos habernos encontrado con nada
mejor. ¿Lo sería acaso averiguar que actuamos porque sí,
que nuestras decisiones son producto únicamente de una especie
de ruleta interior? ¿Actuar de un modo completamente azaroso
nos haría más libres? Yo pienso que no. Una moderada dosis
de azar es interesante en casi todos los sistemas, porque aporta posibilidades
inesperadas. Pero un sistema completamente azaroso no es un sistema:
en realidad no es nada, tan solo confusión, un pozo de arenas
movedizas.
Queda una última cosa por contestar: qué hacer. Dado
que somos máquinas con una programación compleja, ¿nos
dejamos llevar por la situación dada y ya está? Evidentemente,
cada uno es libre de hacer lo que le plazca (es una broma), pero yo
pienso que es más interesante dedicarse a complicar aún
más la programación. Si la dejamos como está corremos
el peligro de que nuestras decisiones se vean influidas en exceso por
un determinado conjunto de influencias, sean estas familiares, ideológicas,
tribales... Además, cuanto más pobre sea la programación,
cuanta menos información disponga nuestro procesador para realizar
sus cálculos, peor lo hará.
Por el contrario, si multiplicamos la fuentes de información,
las teorías, las experiencias, si llenamos nuestro cerebro de
pensamientos de otros y si, además, incrementamos el tiempo de
cálculo, es decir, si generamos nuestros propios pensamientos,
conseguiremos una combinación más rara, más especial,
una mezcla única que hará que nuestras decisiones sean
más independientes de cada uno al ser dependientes de tantos.
No sé si a eso le podemos llamar libertad, pero es lo más
parecido que podemos lograr. En cualquier caso, resulta más divertido
que ser demasiado fiel a uno mismo.
Y paradójico.
**
Hay una razón para insistir en esto del cálculo. Se trata
de la cuestión de la responsabilidad. Pensemos en un asesino.
Si aceptamos que los humanos somos libres para tomar nuestras decisiones,
entonces somos responsables de ellas, y por tanto el asesino culpable
y merecedor de castigo. Si, por el contrario, consideramos que cada
humanos es producto de lo que le ha tocado vivir (familia, clase social,
sistema educativo, estado), entonces esa responsabilidad se ve diluida
si no eliminada, y entonces el asesino se convierte en un desfavorecido
por las contingencias de la vida y los errores de sistema.
En el primer caso ajusticiaremos al asesino. En el segundo caso nos
plantearemos qué ha hecho mal el sistema e intentaremos “reinsertar”,
“reeducar”, corregir en suma el error social.
Las dos alternativas son evidentemente extremas, y las sociedades occidentales
se mueven entre estos dos polos. El cristianismo, por ejemplo, insiste
en el libre albedrío de los hombres. Es lógico que así
sea porque sin él todo el juego de premios
y castigos que plantea pierde sentido. La Justicia, al menos en
España, para poder castigar a alguien no solo debe probar el
delito, sino asegurarse de que el acusado era responsable de sus actos
en el momento de cometerlo. Aquí reside la importancia de la
pregunta acerca del libre albedrío: ¿somos plenamente
responsables de nuestros actos?
¿Existe el espíritu, lo espiritual?
¿Existe el alma?
Si por espíritu entendemos el conjunto de las funciones intelectuales
de la mente humana, sí, claro que existe. Si por espíritu
entendemos algo trascendente, un alma inmaterial o algo así,
sencillamente no he encontrado ningún indicio de su existencia...
salvo en las películas de miedo.
Para quienes creen en la existencia de un alma inmortal, tengo algunas
preguntas: ¿cómo se sabe de su existencia?; ¿en
qué consiste?; ¿cómo se relaciona con el cuerpo?;
¿qué sentido tiene la unión de un alma inmortal
con un cuerpo mortal?; ¿para qué sirve el cerebro?; ¿qué
pasa con el alma cuando muere el cuerpo?; ¿dónde estaba
antes?; ¿tienen alma los fetos?; ¿cuándo se
produce la unión del alma con el cuerpo?; ¿tienen los
animales tienen alguna clase de alma?; ¿pueden reencarnarse las
almas?; ¿las almas de los muertos se pueden comunicar con los
vivos?; ¿funciona la ouija?
¿Cuál es el sentido de
la vida?
Pienso que la vida no tiene ningún sentido. Quiero decir ninguno
externo. Cada uno puede intentar llenar la vida con lo que le parezca,
con aquello a lo que le inclinen su educación y los azares de
la existencia. Pero nada más.
Desde luego, lo que no creo que nos dé sentido es ser la clac
de ningún creador egocéntrico.
¿Qué es el ser humano?
El ser humano es un animal, un cierto simio catarrino, producto,
igual que las bacterias, las acelgas o los tigres, de la evolución
por selección natural, es decir, del azar. Es un puñado
de átomos, una casualidad, un porque sí, como todo lo
demás.
Su característica principal es la capacidad de inventar narraciones.
Con esto quiero decir que es capaz de imaginar el mundo, incluido
él mismo, dentro de su cabeza, construir narraciones para intentar
explicar el pasado y hasta inventar posibles alternativas para el
futuro.
Esta capacidad de pensar el futuro le permite preguntarse por las
consecuencias de sus actos y preguntarse cuál de entre las
distintas posibilidades es la más adecuada. Este es el origen
de la moral como conjunto de reglas y de la ética como reflexión
sobre esas reglas.
¿Cuál es el valor de este animal, de este simio? Pues
el que él mismo esté dispuesto a darse. A veces nos
comportamos como si la vida de cada ser humano no tuviese el más
mínimo valor. Otras somos capaces de reconocer en cada individuo
un fin en sí mismo. ¿Entonces? Pues será lo que
nosotros queramos, porque los valores son invento humano. Nada extrínseco
a la humanidad nos va a decir cómo comportarnos, qué
acuerdos vamos a adoptar, qué reglas nos conviene considerar
inviolables y qué importancia le vamos a dar a cada individuo
de la especie.
En el mismo momento en que alcanzamos la capacidad de plantearnos
preguntas éticas alcanzamos la capacidad de inventar las contestaciones.
¿Qué hay después
de la muerte?
Nada. La muerte es el fin. Todas las funciones cerebrales (conciencia,
memoria, inteligencia, emociones, sentimientos) desaparecen con la
muerte del cerebro. Supone por tanto la desaparición de todo
lo que hace del individuo lo que es.
Los humanos hemos deducido de la muerte de los demás que nosotros
también nos vamos a morir. Este conocimiento no cuadra demasiado
bien con uno de nuestros instintos básicos: el de supervivencia.
Por otra parte, los humanos hemos visto en sueños (y algunos
en visiones) aparecerse a personas muertas. Les hemos visto moverse
y hasta hablarnos. Si al deseo de no morir le unimos la prueba testimonial
que nos proporcionan los sueños de alguna clase de existencia
post-mortem, es fácil entender que la creencia en la
vida del más allá haya calado en muchas culturas.
Tememos a la muerte porque tememos a lo que desconocemos. Epicuro
y Lucrecio decían que este miedo desaparece cuando uno entiende
que la muerte es el fin y que lo importante es haber llevado una buena
vida. Yo no le tengo miedo a la muerte. Pero no me quiero morir, que
es distinto, y por una simple razón: estoy muy bien aquí
y quiero seguir disfrutando.
Es un asunto este muy relacionado con el orgullo. A muchos les ocurre
que ni concebir pueden que un día vayan a desaparecer para
siempre. Pero el que uno no pueda creer que algo vaya a ocurrir no
implica que no vaya a ocurrir.
¿Cuál es el origen de
la vida?
Hallar el origen de la vida es hallar, fundamentalmente, el origen
del ADN, el ARN y de todo ese montón de estupendas moléculas
en las que se basa la vida tal como la conocemos. El problema se suele
plantear en términos probabilísticos: es tal la complejidad
de estas moléculas y tan complejo el juego que se traen entre
ellas que la probabilidad de que surgiesen al azar en el caldo primigenio
es prácticamente cero.
Para resolver esta dificultad tenemos varias teorías:
Tenemos por ejemplo el trabajo de Stuart A. Kauffman, que dice que
la emergencia de la vida se fundamenta en una “transición
de fase hacia conjuntos moleculares colectivamente autocatalíticos
en sistemas termodinámicamente abiertos”, lo cual viene
a decir que si bien sería bastante improbable que surgiese una
molécula que se produjese a sí misma, que aparezcan tres
moléculas A, B y C tales que A produzca B, y B produzca C y que
en cierto momento C produzca A, es algo mucho más probable.
Por su parte, Cairn-Smith explica que antes de los ácidos nucleicos
los cristales de arcilla pudieron hacer las veces de material genético
y soporte para la construcción de moléculas más
complejas. Es decir, que la arcilla pudo servir de paso intermedio,
de cimbra, para más complejas estructuras.
Otro trabajo interesante es el de Freeman J. Dyson: ha acotado el número
de monómeros y la cantidad de moléculas necesarias para
que se produzca el salto espontáneo de sistemas desordenados
a sistemas ordenados y muestra que tal salto es probabilísticamente
posible.
Además, aunque las condiciones sobre la Tierra no fuesen las
idóneas, podría ser que algunas de moléculas orgánicas
se originasen fuera de nuestro planeta. Esta teoría, inicialmente
planteada por Juan Oró, explica que ciertas moléculas
orgánicas tiene más probabilidad de producirse en el espacio,
gracias a que la radiación ultravioleta rompe los enlaces químicos,
mientras que el frío del espacio favorece el que estos materiales
permanezcan juntos y se reorganicen.
No pretendo decir que estas sean todas las ideas que se barajan al
respecto, ni mucho menos. Tampoco sé si son las mejores. Pero
son buenas, y muestran que aunque no sepamos aún cómo
fue el proceso exacto de aparición de la vida, lo cierto es que
disponemos de algunas ideas realmente interesantes.
¿No necesitas pensar que
somos algo mas que "objetos perecederos"?
En primer lugar, lo que uno necesite o sienta no tiene por qué
tener que ver con la realidad. Yo puedo sentir la necesidad de que haya
mayor justicia en el mundo, pero eso no hace que la haya.
En segundo lugar, no, no necesito pensar que soy eterno ni nada parecido.
Procuro que mi vida sea lo más rica posible y nada más.
Mi existencia no es un medio para no sé qué fin futuro.
Yo soy un fin en mí mismo (es algo que ya dijo Kant), y en ese
sentido procuro que cada día me depare satisfacciones suficientes
para seguir tirando.
Lo que nunca he llegado a comprender es qué tiene de consolador
creer que todo esto, la vida, no sea más que un reality show
montado por alguna especie de sádico ser superior para decidir
quién pasa a la siguiente fase o no.
¿Crees en el amor?
Amor es de esas palabras que por tantos significados que tienen
en realidad no significan nada. El amor puede ser pasión arrebatadora,
emoción estética, admiración intelectual. Puede
ser el cariño que nace del roce, el sentimiento de camaradería,
el instinto tribal, la atracción sexual, la genética relación
paternofilial. También es amor un muy solidario sentimiento de
empatía universal, o la cálida sensación de pertenencia,
o la emoción del agradecimiento, o la manifestación de
un deseo, o la expresión de una atracción, o de una obsesión.
Incluso llamamos amor a la satisfacción que nos produce sentirnos
en presencia de los símbolos que expresan nuestra particular
visión del mundo.
De lo dicho se deduce que la pregunta “¿crees en el amor?”
es una tontería, porque no hace falta creer en el amor: el amor
es un hecho, dado que todos hemos experimentado, en distintas combinaciones
y grados, varias de las sensaciones, emociones o sentimientos que englobamos
bajo esa palabra.
A mucha gente le gusta repetir la simpleza esa de que “el amor
es el motor del mundo” como si estuviesen diciendo algo. En realidad
el amor es fuente de unidad, y de conflicto. El amor es fuente de felicidad
e infelicidad, de vida y de muerte, de paz y de guerra, de integración
y de marginación. El amor, en sus distintas facetas, es capaz
de sacar lo mejor y lo peor de nosotros. Siempre implica acercarse a
otro, pero muchas veces ese acercamiento implica a su vez la exclusión
de otros. Es fuente de razón y locura, de empatía e incomprensión,
de crecimiento y destrucción.
En resumen: de todo y de nada. Por esa manía que tenemos de
creer que detrás de cada palabra hay algo tendemos a creer que
existe una sustancia llamada amor de la que participan todas
sus manifestaciones. Pero no es así. Tan solo es una abstracción,
un exceso de generalización, un intento de simplificar el mundo
llamando igual a lo que en realidad es dispar y solo tiene en común
cierto aroma de generosidad.
El amor es maravilloso, sin duda. Pero solo algunos amores.
Y solo a veces.
Sobre el conocimiento
¿Cuáles son las fuentes de conocimiento?
La razón y la experiencia (aquí incluyo emociones y sentimientos),
pero no separadas, sino en trabazón, en permanente crítica
mutua.
Lo demás, lo que trasciende a la razón, no es más
que ilusión, además de basarse necesaria y ciegamente
en la fe, pues para creer en un conocimiento trascendente hay que creer
previamente en que algo nos puede transmitir ese conocimiento trascendente.
¿Y los sueños, la intuición, el concepto de belleza,
la suerte... no son fuentes de conocimiento? Sí, claro que sí,
en la medida en que pueden servir como heurísticos, como procedimientos
para encontrar cosas. Pero solo la razón y la experiencia permiten
distinguir las buenas teorías de las estupideces.
(A los que niegan la distinción entre contexto de descubrimiento
y contexto de justificación les aconsejo que lean algo de ciencia).
¿Es la razón omnipotente?
No. La omnipotencia es un concepto ridículo
creado por los hombres para consolarse de su propia limitación
mediante el mero truco lingüístico de la negación.
La razón, al igual que todas las demás potencias de los
humanos, es limitada.
¿Habla la matemática acerca del mundo?
¿Explica la matemática las causas de las cosas?
No directamente. La matemática habla de regularidades, habla
de objetos abstractos y de las formas en que se relacionan. A veces
sirven para describir ciertos aspectos del mundo físico, y a
veces no. De lo que nunca habla es de causas. Podemos establecer con
ella modelos de cómo funciona el mundo, pero nunca explicar con
ella por qué es así el mundo.
¿Es la ciencia una religión?
La ciencia no es una religión, pues no defiende ningún
conjunto de creencias. Propone teorías descriptivas acerca del
mundo que son puestas a prueba por la crítica racional y por
la experiencia. No tiene sentido "creer" en la ciencia. Por
el contrario, a la ciencia hay que criticarla despiadadamente: es lo
más saludable.
Otra cosa es que haya gente que cree en la ciencia como quien cree
en la astrología o en la virgen de Fátima, que los hay.
Pero es que hay personas que se hacen una religión a partir de
un cantante de moda, de un équipo de fútbol, de una dieta
alimenticia, de una corriente cultural o, también, de la ciencia.
¿No son la ciencia y la religión dos
formas distintas de explicar el mundo?
La ciencia, aunque tantas veces se diga lo contrario, no explica nada:
tan solo intenta describir. Por su parte, la religión no describe
nada, pero pretende explicarlo todo.
¿Hay que aceptar el conocimiento de los antiguos?
Los antiguos acertaron en muchas cosas y se equivocaron en muchas otras.
La escuela pitagórica, por poner un ejemplo, logró hallazgos
extraordinarios en geometría, pero su propio éxito le
llevó a exagerar la potencia de sus hallazgos. Hoy, precisamente
gracias a los antiguos, sabemos más que ellos, lo cual nos permite
ver algunos de sus errores. La cultura consiste en aprovecharnos de
ese saber acumulado... y también de hacer limpia de vez en cuando.
¿Qué podemos aprender de las experiencias
místicas?
Por experiencia mística se entiende una experiencia directa
de la divinidad. Los que no hemos tenido nunca una experiencia así
no podemos aprender nada de las de los demás, pues no son comunicables,
de la misma manera que no puede comunicarse la experiencia de escuchar
una sinfonía de Shostakovich a alguien que no haya escuchado
antes una sinfonía de Shostakovich.
Por su parte, los que las han tenido tienen el tremendo problema de
no poder saber si aquello que experimentaron fue una alucinación
o alguna otra cosa.
Me dicen que leyendo a algunos místicos (Santa teresa, San Juan
de la Cruz) se ve claramente que no dudaban en absoluto de lo místico
de su experiencia. Y es cierto: precisamente ese el problema de muchos
creyentes: que no dudan.
**
Cuando digo que no he tenido experiencias místicas quiero decir
que no he creído nunca sentir a dios ni a ningún otro
ser sobrenatural. Sin embargo, sí he tenido otro tipo de experiencias
que muchos relacionan con aspectos de la divinidad y que me han llevado
a la siguiente teoría:
A veces, tras la ingesta de ciertas sustancias, o la meditación
continuada, o por causa del hambre, o una experiencia sensorial intensa,
los humanos somos capaces de dejar de olvidarnos del lenguaje. En estas
circunstancias, los estímulos que recibimos del exterior no se
ven filtrados por las palabras, lo que nos lleva a tomar conciencia
directa de las sensaciones. Es esta una experiencia de gran intensa
que casi todos los que la han vivido definen en términos parecidos:
eternidad, infinitud; unicidad; silencio; paz...
El lenguaje es la herramienta con la que discretizamos el mundo: lo
que para la mente no entrenada puede ser un caos sensorial, se nos presenta
perfectamente organizado gracias a las palabras, que nos ayudan a separar
y agrupar unos estímulos de otros: ese montón de colores
y olores y sonidos es un tigre, nos decimos; esa inmensidad azul de
ahí es el mar, nos decimos. Es importante darse cuenta de que
este clarificar el mundo que observamos lo consigue el lenguaje a base
de separar unos estímulos de otros, de imponer barreras entre
unos grupos de estímulos y otros: aquí termina el tigre
y empieza la selva, nos decimos; aquí termina el mar y empieza
la playa, nos decimos.
¿Qué ocurre si por algún procedimiento somos capaces,
aunque sea por un momento, de dejar de lado las palabras? Pues que la
separación entre estímulos, en buena medida, desaparece.
No del todo, porque nuestro cerebro está ya acostumbrado a tratar
como unidades a los tigres y al mar. Pero al no disponer de palabras
no sentimos las limitaciones que el lenguaje impone a nuestra percepción
del mundo. Al no disponer de la palabra minuto sentimos el tiempo
sin limitación; al no disponer de la palabra kilómetro
sentimos el espacio pero sin limitación; al no disponer del nombre
de las cosas percibimos el mundo, pero sin límites, sin fronteras
entre las cosas.
Cuando volvemos de ese estado alterado de conciencia y recuperamos
el lenguaje, al intentar describir esas sensaciones sin límites
las palabras que acuden a nuestra conciencia son aquellas que expresan
esa ausencia de límites: eternidad, infinitud, unicidad... Pero
en este punto deberíamos recordar que no ver los límites
no quiere decir que no los haya.
Que otros interpreten que han alcanzado el cielo, que se han hecho
uno con el cosmos, o que han entrevisto la eternidad no es más
que un exceso de imaginación. O de soberbia.
¿Debe enseñarse la religión
en las escuelas?
Como fenómeno histórico, literario y filosófico
sí, dentro de las asignaturas de historia, literatura y filosofía.
Pero de ningún modo desde el punto de vista doctrinal porque...
- Pienso que los niños deben aprender lo que son los unicornios.
- Defiendo la libertad de cada cual a creer en los unicornios.
- Pero estoy absolutamente en contra de que en la escuela se intente
convencer a los niños de la existencia de los unicornios, sencillamente
porque no tenemos ningún indicio de ello.
Sobre dioses
¿Se puede probar la inexistencia de dios?
Los humanos hemos imaginado la existencia de dioses de todo tipo, por
eso no tiene sentido hablar de una demostración única.
Pero si hablamos de dioses concretos sí que ha habido demostraciones.
Por ejemplo, Epicuro y después Lucrecio ya vieron las contradicciones
lógicas que suponía la existencia del panteón greco-romano.
Siguiendo sus pasos los ilustrados demostraron la imposibilidad lógica
de un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad.
Por sí mismo el concepto de omnipotencia
es contradictorio.
Demostrar la no existencia de algo puede ser imposible. Demostrar que
los unicornios no existen quizá exigiese recorrer todas las praderas
del mundo y todos los regazos de todas las doncellas del mundo para
verificar que en ninguno de esos sitios hay un unicornio. Pero en algunos
casos sí que se puede probar la imposibilidad lógica de
la existencia de algo, por ejemplo, cuando la misma definición
contiene una contradicción. Un ejemplo: “existe un número
natural que es a la vez uno y tres”. Basta echarle un vistazo
a los axiomas de Peano para ver que un número así no puede
existir. Otro ejemplo; “existe un ser todopoderoso, omnisciente
y todo bondad”. Basta echarle un vistazo al diccionario y al
mundo para ver que un ser así es imposible.
¿Se puede probar la existencia de
dios?
Dado que no existe lo veo difícil... Ha habido varios intentos.
He aquí las refutaciones de algunos de ellos:
¿Existe un ser omnisciente, omnipotente
y todo bondad?
La existencia de mal en el mundo hace lógicamentre imposible
la existencia de un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad. Si es
omnisciente, cuando creó el mundo sabía lo que iba a ocurrir.
Si es todo bondad no le hubiese deseado tanto dolor a “sus hijos”.
Si es todopoderoso, lo hubiese evitado.
Dicho de otro modo: si dios es omnisciente y omnipotente entonces es
malo, porque permite el dolor de sus criaturas. Si es realmente bueno
entonces o no es todopoderoso o es idiota.
Este argumento suele ser contestado de modo estándar diciendo
que Dios "creo al hombre libre",
de modo que el mal proviene del hombre, y no de Dios.
Las contrarréplicas son bastante obvias:
- Si Dios sabía cuando hizo el mundo cómo iba a ser
cada uno de los segundos de mi existencia, ¿qué sentido
tiene hablar de libertad? ¿Acaso podría yo haber actuado
de un modo distinto al modo en que Dios sabía que yo iba a
actuar? Añadir la libertad de las criaturas al paquete "omnisciente,
omnipotente y todo bondad" lo vuelve lógicamente imposible.
- Suponiendo que fuese posible, que el ser humano sea libre no exime
a dios de su responsabilidad, pues si es omnisciente sabía
lo que cada humano iba a hacer con su vida desde el momento mismo
de la creación, por lo que todo cuanto pasa en el universo
es porque Él lo quiere. Incluido el mal. Pretender que algo
pasa sin que Él lo quiera es poner limites a su omnisciencia
o a su omnipotencia.
- Especulaciones aparte, tenemos la realidad: es un error hablar de
que la humanidad, en conjunto, es libre. Las categorías no
pueden ser libres, solo los individuos pueden serlo. Y basta mirar
el mundo para darse cuenta de que hay mucha gente que no es libre:
¿son libres los niños que mueren de hambre y de asco?
¿Son libres quienes nacen rodeados de miseria, de hambre, de
dolor? ¿Son libres las mujeres violadas por soldados embrutecidos
por las drogas? ¿Son libres los que ven sus casas destruidas
y a sus seres queridos mutilados o muertos por terremotos e inundaciones?
¿Son libres quienes ven cómo caen las bombas sobre sus
cabezas?
Con sinceridad: si miramos un poco más allá de las privilegiadas
vidas que vivimos algunos, ¿podemos creer en un ser superior
y pensar que es bueno? ¿Podemos darle las gracias por haber hecho
un mundo así?
Solo una cosa más: ¿por qué introdujo el cristianismo
la idea de que Dios había concedido libre albedrío a los
humanos? La respuesta parece evidente: porque necesitaba hacerlos responsables
y poder así amenazarlos con los castigos del infierno. Sin el
miedo el cristianismo no hubiese durado dos siestas.
¿La existencia del universo implica necesariamente
un creador?
No. Hay otras alternativas: el universo existe desde siempre; el espacio-tiempo
es una variedad multidimensional cerrada; el cosmos (incluido el tiempo)
surgió por una fluctuación cuántica de un caos
previo en el que el tiempo no tenía sentido; el big-bang se produjo
a partir de un agujero negro de otro universo...
El humo es indicio del fuego porque la experiencia nos dice que muchas
veces el humo es indicio de fuego (pero no siempre). A escala humana
es útil pensar que todo efecto tiene su causa. Pero hacer de
esta regla empírica algo necesario y extrapolarla además
al universo como un todo está completamente injustificado.
Además, la hipótesis de un creador no explica
nada.
¿La hipótesis de un creador explica
algo?
No, porque no hacemos más que trasladar el problema. Si nos
preguntamos quién creó el universo y decidimos que un
creador, también podemos preguntarnos quién creo a ese
creador. Si aceptamos que al creador no le creó nadie, de la
misma manera podemos aceptar que el universo no fue creado por nadie.
Imaginemos un misterio policial. Imaginemos que encuentran a un hombre
con un cuchillo clavado a la espalda en el interior de una habitación
cerrada desde el interior. Hubo que forzar la puerta para entrar. Los
investigadores rodean a la víctima. Están desconcertados.
No saben explicar qué ha podido ocurrir. Entonces uno va y dice:
“¡lo tengo!”. Cuando los demás le piden detalles,
contesta: “el culpable ha sido un ser misterioso que escapa a
nuestro entendimiento”. Pregunta: ¿aceptarían los
investigadores la tesis de su colega? Me da que no.
Además, hay otras teorías.
¿La complejidad del universo no es prueba
de un diseñador?
Los humanos hemos descubierto mecanismos que permiten que el orden
surja del caos sin la intervención de ninguna mente consciente:
la teoría de la evolución es el primer y más genial
ejemplo, aunque la más moderna teoría de la complejidad
trata de modo más general el funcionamiento de los sistemas autoorganizados.
Tenemos la mala costumbre de endilgarle todo aquello que no entendemos
a algún ser fantástico. Lo hicimos con el rayo y el fuego.
Lo hicimos con el sol. Lo hicimos con nuestra propia inteligencia. Es
el famoso argumento del relojero: si alguien se encuentra un reloj de
inmediato piensa en un relojero. Pero es esta una analogía que
no se puede llevar demasiado lejos: si alguien sin conocimiento de geología
se encuentra un perfecto cubo de pirita seguramente pensará también
en un orfebre humano, cuando resulta que se trata de una forma mineral
completamente natural.
Además, ¿por qué un dios? ¿Por qué
no pensar en una especie superior de la que nuestro mundo es un mero
experimento? ¿O por qué no pensar en un genio maligno
a lo Descartes que nos alimente con impresiones virtuales? ¿O
por qué no postular que el universo conocido es una burbuja de
orden en un mucho más vasto caos? ¿Por qué una
explicación fantástica y no otra?
¿Es posible un ser todopoderoso?
No, es lógicamente imposible. Como pasa con todos estos conceptos
inventados a base de negar los límites naturales, en cuanto se
piensa un poco en ellos se descubre su sin sentido.
- Un ser todopoderoso no puede dejar de ser a la vez que seguir siendo,
luego no es todopoderoso.
- Un ser todopoderoso no puede dejar de serlo a la vez que seguir
siéndolo, luego no es todopoderoso.
- Un ser todopoderoso no podría crear un ser que actuase en
contra de sus designios, luego no es todopoderoso.
Recuerdo algo que cuando lo oí de crío me impactó:
¿puede Dios crear una piedra que no pueda levantar él
mismo?
Con esto no pretendo negar la existencia de no sé qué
seres capaces de mover galaxias de sitio. Lo que niego es la existencia
de algo omnipotente.
¿No será que Dios ha hecho el mundo
como es para poner a prueba a los humanos?
Genial. Un ser todopoderoso hace unas criaturas imperfectas y luego
las pone a prueba. Que eso se haga en una cadena de montaje de coches
tiene sentido, porque los ingenieros, los operarios y las máquinas
pueden cometer fallos y por tanto producir coches imperfectos, pero
un ser todopoderoso... ¿por qué habría de producir
seres imperfectos? ¿Para ver cómo fallan después?
Ya son ganas de fastidiar...
¿No crees que el Dios de la Biblia,
en su bondad, hizo libres a los hombres?
Es completamente absurdo decir que Dios es bondadoso porque nos da
libertad. ¿Qué pensaríamos de un padre que por
darle libertad a su hijo deja que se despeñe y se mate aún
sabiendo con absoluta certeza que se va a despeñar y a matar?
Esto de la libertad que Dios concede al hombre suele utilizarse para
intentar justificar la existencia del mal y así superar la contradicción
lógica que supone postular un ser omnisciente,
omnipotente y todo bondad.
Además, ¿qué significa ser
libres?
¿No será que Dios es una energía,
el origen del Big Bang, un aliento vital, algo indefinido...?
Muchos son los que, sin creer en dioses personales, mantienen el rescoldo
de su fe haciendo de dios una energía, el origen del Big Bang,
un aliento vital, algo indefinido, la totalidad, lo uno, y cosas así.
Está claro que es un intento desesperado, un querer salvar lo
muebles simplemente aferrándose a las palabras. Da igual que
a lo que llamamos “dios” sea un magma energético
o una abstracción lógica: la cosa es que tener algo a
lo que llamar dios permite seguir siendo creyente y seguir disfrutando
del calorcillo reparador de pertenecer a algo más grande que
uno mismo. También permite, por supuesto, seguir negando el ateísmo
y a los ateos.
Recuerdo que de crío escuché que habían encontrado
pruebas de “vida volcánica” en no recuerdo qué
planeta. Entendí perfectamente qué querían decir
con aquello de “vida volcánica”. Sin embargo, el
simple hecho de encontrar la palabra “vida” asociada al
nombre del planeta me produjo una gran conmoción, porque significaba
que en los planetas había vida. Volcánica, sí,
pero vida.
Pues esto es lo mismo. Da igual que a lo que llamemos dios no tenga
personalidad, ni rasgos definidos, ni apenas características.
La cosa es poder decir: “dios existe”.
Pues vale.
¿La creencia de tantas gentes y tantas civilizaciones
no es prueba de la existencia de dios?
El principio democrático está muy bien en política,
pero sirve de poco si lo que buscamos es conocimiento. La mayoría
de la gente pensaba que el mundo era plano, y no lo es. La mayoría
de la gente sigue pensando que las nubes están hechas de vapor,
y no es así. Apoyar la creencia de uno en la creencia de los
demás es como tirarse por la ventana por la sencilla razón
de que Vicente se tira por la ventana.
¿De qué sirve matar a dios?
¿De qué sirve haber aprendido que el rayo no lo manda
el dios Thor porque esté cabreado sino que es un fenómeno
electromagnético azaroso? Pues muy sencillo: para dejar de hacerle
ofrendas a Thor y dedicar el tiempo a construir pararrayos.
¿Por qué le dedicas tanto tiempo a
hablar de dios?
Porque es un tema filosóficamente interesante. Porque pienso
que las religiones constituyen uno de los males del mundo. Porque la
gente me escribe al respecto. Porque me gusta pensar. Porque desde siempre
he disfrutado con la literatura fantástica...
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